El juego pone frente a los equipos una colección de objetos que van de lo curioso a lo francamente raro. Nadie sabe bien qué son, y ahí está la gracia.
Por cada objeto hay preguntas sencillas: qué edad tiene, cuánto vale, para qué se usaba. Cada equipo junta evidencia, lanza conjeturas y defiende su respuesta frente a los demás.
Es un juego tranquilo, de mesa y conversación. Pero el debate se calienta rápido y todo el grupo termina opinando.