Cada participante tiene un Boomwhacker, un tubo de plástico ligero y hueco de colores. Su tamaño define la nota que suena al golpearlo.
Una interfaz visual guía al grupo: cuando un bloque de color llega a una tecla en pantalla, le toca a quien tenga ese tubo. Así, entre todos, va saliendo la melodía.
Conforme avanza, los bloques se mueven más rápido y la canción se complica. Nadie puede quedarse mirando. Es una buena forma de prender una conferencia o de soltar el estrés entre sesiones.